De trapos y siliconas, GABRIELA CAÑAS

Se impone el culto al cuerpo y las mujeres adoptan la imagen hipersexuada que se espera de ellas ante las dificultades de hallar su sitio en una sociedad desequilibrada por el peso del dinero y los valores masculinos

Es una lástima que las mujeres no hayan adoptado una corta variedad de uniformes como han hecho los hombres para poder evitar toda la carga ideológica que pesa todavía sobre la indumentaria femenina. El asunto es de tal envergadura que el intento de prohibir una prenda femenina, el velo integral, ha producido en los últimos meses un largo y enconado debate en el que han participado tan activamente los hombres como las mujeres (un fenómeno secundario a estudiar).

En ese encendido y apasionante debate se han utilizado sistemáticamente dos conceptos: la defensa de la dignidad de la mujer y la incoherencia de las sociedades de cultura occidental, dispuestas a perseguir a la que se tapa en exceso y a tolerar a la que hace justamente lo contrario.

Sobre la dignidad de la mujer se han manifestado hasta los imanes más radicales para justificar, eso sí, la libre opción de vestir el hábito. Sobre la incoherencia occidental, sin embargo, se ha preferido correr un velo casi tan tupido como el del burka. Es verdad que no se trataba del asunto principal, sino, quizá, de una tosca trampa para desviar la cuestión. Pero también es cierto que somos muchos y muchas los que observamos con perplejidad y preocupación múltiples detalles sobre el atuendo y el comportamiento público de las mujeres como probable prueba de que asistimos a una cierta parálisis en la batalla por la liberación femenina.

Los ejemplos son abundantes y todos ellos vienen a confirmar la evidencia de que la mujer occidental es esclava de su cuerpo y del estereotipo hipersexuado que se le exige y que tal esclavitud hunde sus raíces en los mismos prejuicios de los que defienden el velo integral. El denominador común de ambas culturas es el cuerpo de la mujer como objeto de deseo masculino que debe ser ocultado a los demás o, por el contrario, exhibido como tal para deleite del gusto varonil.

Mientras las adolescentes se visten con procacidad de lolitas el sábado por la noche y algunas coquetean con la anorexia, sus amigos las catalogan con lenguaje tabernario en función de sus actitudes respecto al sexo. Las cantantes de moda se contonean ligeras de ropa invitando al sexo explícito a hombres mucho más vestidos. Las actrices tallan sus cuerpos a golpe de dieta y bisturí. Las modelos se garantizan un mayor impacto si aprovechan la pasarela para enseñar algo más íntimo que la ropa y las profesionales de éxito cumplen sus jornadas laborales sobre incómodos tacones que les rompen la espalda pero que son el paradigma de la elegancia y la feminidad.

Martha Nussbaum, profesora de Teología en la Universidad de Chicago, recordaba en un artículo publicado recientemente en el New York Times que al burka se le ha considerado una “prisión degradante” y se preguntaba: “¿Y qué hay respecto a la prisión degradante de la cirugía estética?”. Quizá parezca una comparación exagerada, pero me temo que hay pocas mujeres en esta sociedad de consumo que no sientan como una losa la enorme presión social que pesa sobre su imagen, que no perciban como una carga añadida a sus dobles jornadas laborales la esclavitud del cuerpo. El resultado es que la mayoría se entrega con denuedo a una loca carrera contra los estragos del tiempo y de la propia naturaleza, luchando permanentemente contra los depósitos de grasa (que suelen estar donde naturalmente deben), contra el envejecimiento, contra la flacidez y contra las canas, por citar solo algunas de las batallas que se libran sin desmayo y que pasan, claro, por unas prendas de vestir que hay que renovar permanentemente y que jamás son las más adecuadas para la vida activa que la gran mayoría desarrolla.

Diversos estudios sociológicos señalan que las mujeres que han alcanzado un cierto estatus profesional son justamente las que más cuidan su aspecto físico y no las desempleadas, que dispondrían de más tiempo para ello. Ello es así, entre otras consideraciones, porque el aspecto físico adecuado es casi indispensable para que una mujer logre el éxito social. Los medios de comunicación, sistemáticamente controlados por los hombres, son los que fijan los estereotipos de nuestro tiempo. Hacer un mero repaso de las caras más cotidianas que aparecen en la pequeña pantalla bastaría para corroborar ese sólido vínculo entre el éxito y la imagen. Un extraterrestre recién llegado a este mundo concluiría de manera inmediata viendo solo la televisión que los hombres son seres de una gran variedad antropomórfica y generosa longevidad mientras que las mujeres son criaturas gráciles y muy pigmentados de mortalidad prematura, puesto que rara vez superan la cuarentena.

Desgraciadamente, la foto fija que ofrecemos a esos niños que, como los extraterrestres, llevan poco tiempo con nosotros manifiesta todas las desigualdades reales. El talento de las mujeres, que ya nadie discute tras cotejar año tras año resultados académicos, es un valor todavía relativo e incompleto. Raramente una cantante se abrirá paso en el mundo del espectáculo si se limita a componer bellas piezas e interpretarlas con acierto. Solo una imagen sugestiva la convertirá en una estrella. Así hemos generado un mundo de esquizoides en el que se invita a las adolescentes a estudiar como leonas y vestir como panteras. Porque se sabe que, de otro modo, la fortuna les será más esquiva.

A finales de junio, la prensa celebró la elección de Julia Gillard como primera ministra australiana. Era la primera vez en la historia que el Ejecutivo de este país lo iba a presidir una mujer que, tras los ajustados resultados electorales del fin de semana, podría no durar mucho en el cargo. Y es que el resultado global arroja una realidad tozuda y exasperante: siete primeras ministras y 10 jefas de Estado en todo el mundo. O sea, el mismo número récord que ya se alcanzó en 1995 y que, desde entonces, no había hecho más que declinar.

En la última década, el avance de las conquistas femeninas (sin duda, enorme) se ha ralentizado, cuando no estancado, en una sociedad dominada por ese neomachismo sobre el que ha teorizado Amparo Rubiales que impone sus reglas sutilmente; tanto, por cierto, que una teme ser tachada de puritana por criticar la impúdica explotación del cuerpo femenino. Los europeos ganan un 15% más que las europeas y, según la Comisión, no hay indicios de que tal brecha se vaya a recortar. Los consejos de administración siguen siendo coto vedado a las mujeres y no hay cuotas que valgan en los mercados, que, como la crisis ha demostrado, son los que mandan.

Se diría que las mujeres, agotadas de tanta batalla estéril, se hubieran aliado con el enemigo ante la imposibilidad de vencerlo. El feminismo clásico no tiene el glamour que exigen los tiempos. Clamar contra las diferencias salariales o la trata de mujeres es como pedir el fin del hambre en el mundo; carece de atractivo para los medios de masas. Estos, en lo que a asuntos femeninos se refiere, prefieren la imagen estereotipada de las mujeres a la cual muchas han decidido plegarse.

Repase el curso que hemos cerrado. Los hombres han “hecho historia” en todos los ámbitos. El mundo se ha volcado con los toreros, los actores, los futbolistas, los tenistas, los políticos, los gurús de las nuevas tecnologías, los empresarios, los ciclistas… Solo ellos parecen poder optar por una gran variedad de profesiones y solo ellos parecen disfrutar del monopolio de representar a sus países con lágrimas en los ojos y la mano en el corazón.

Para que los medios dediquen amplios y positivos espacios a una mujer, lo mejor es emular a Lady Gaga con sus procaces videoclips, su pasión por los modelos estrafalarios y su música disco. Ella no solo se pliega al estereotipo; lo convierte en oro. Para zanjar los bulos sobre los supuestos celos de Madonna hacia la nueva favorita (la rivalidad femenina es un viejo estereotipo vigente), ambas simularon una erótica pelea de gatas en un programa de televisión. Y hacen caja.

Vivimos tiempos que han encontrado nuevas formas de sacralizar los valores masculinos. Tiempos en los que persiste el desequilibrio por el peso del poder, el dinero y la testosterona y en el que las mujeres, más formadas que nunca, están demostrando afrontar serias dificultades para encontrar su sitio.

24/08/2010