Puigdemont y la tuneladora

Hay grandes proyectos pagados con dinero público que acaban en el chatarrero y otros, en un palacete de Waterloo.

Publicado en El País, 17/3/22, por PABLO ORDAZ.

Hace 10 años justos, en marzo de 2012, llegó al puerto de Sevilla una tuneladora gigante. Medía 150 metros de longitud y su cabeza giratoria tenía 14 de diámetro. Había sido construida en Francia a la medida de un proyecto que ya entonces parecía de ciencia ficción: horadar un túnel a 40 metros de profundidad bajo el río Guadalquivir para la autovía de circunvalación SE-40. Durante cuatro días con sus noches, siete camiones de los grandes —incluido uno de 18 ejes— transportaron las 2.200 toneladas del ingenio despiezado a una parcela en Coria del Río, donde se construyó además una gran carpa climatizada para que la tuneladora —que fue bautizada como Guadalquivir, pero que enseguida recibió como mote El Bicho— aguardara en la orilla, calentita en invierno y fresquita en verano, a que llegara el día de entrar en acción. Allí sigue, tan a gusto, vigilada 24 horas por guardas de seguridad, mientras en Twitter se hacen eco de la noticia que publicó hace un par de días la edición sevillana de Abc: “La tuneladora de la SE-40, vendida al peso a un chatarrero”.

Estaba pensando en eso, en cuántas obras faraónicas pagadas con dinero público terminan fracasando y convertidas en chatarra, cuando empezaron a llegar tuits relacionados con las ruinas de otro proyecto imposible. En el primero aparece un vídeo de la sala de prensa del Congreso de los Diputados. Un periodista le pregunta a Gabriel Rufián sobre las supuestas reuniones de Puigdemont con emisarios del Kremlin para tratar de conseguir el apoyo de Putin al proyecto independentista. La respuesta del portavoz de ERC es sorprendente:

—Ustedes saben que yo intento no hablar nunca de Junts o de ese espacio de la antigua Convergència, pero con la que está cayendo lo voy a hacer. Creo que son señoritos que se paseaban por Europa reuniéndose con la gente equivocada, porque así durante un rato se creían que eran James Bond.

Rufián, como siempre que habla de algo que considera importante, repite la declaración palabra por palabra, y a continuación añade: “No nos representan. Y me estoy conteniendo. Porque es de una frivolidad terrible. Les puedo asegurar que era simplemente para hacerse un selfi en según qué despachos. Y las explicaciones las tienen que dar ellos y ellas. Es de una frivolidad terrible”.

En el segundo tuit aparece otro vídeo. Es de Gemma Nierga en su programa de La 2 de TVE. Entrevista a Clara Ponsatí, que era consejera de Enseñanza en el Gobierno de Puigdemont durante la declaración de independencia. La periodista le pregunta si la secesión es tan importante como para perder la vida. La eurodiputada de Junts per Catalunya no solo dice que sí, sino que advierte: “La secesión no se hará nunca si no se asume que puede provocar muertos”.

El tercer y último tuit se refiere a otra política de Junts, Laura Borràs. La hoy presidenta del Parlament desoyó los avisos que en varias ocasiones le hizo la jefa de administración de la Institució de les Lletres Catalanes en los que le advertía de que los contratos que estaba haciendo a un amigo suyo eran ilegales. Ahora Borràs está procesada por cuatro delitos de corrupción, pero dice que ella no hizo nada, que todo es un montaje de las cloacas del Estado.

Mientras todo esto sucede, la tuneladora sigue allí, bajo su carpa de Coria del Río, sin poder huir a Bélgica como hizo Puigdemont ni a Escocia como Ponsatí; sin ni siquiera disfrutar de la inmunidad que protegerá a Borràs. Hay proyectos faraónicos pagados con dinero público que terminan en el chatarrero y otros, en un palacete de Waterloo. Siempre ha habido clases.

Una guerra contra las mujeres

Resulta más necesario que nunca un feminismo inclusivo, pacifista y ecologista que pueda frenar las derivas bélicas cada vez más desbocadas y que sitúe el foco de nuevo en la vida

EULOGIA MERLE

Publicado en El País

Por AZAHARA PALOMEQUE

10-3-22

En La guerra no tiene rostro de mujer cuenta la escritora bielorrusa Svetlana Alexiévich cómo las mujeres soviéticas que combatieron durante la Segunda Guerra Mundial fueron ninguneadas y humilladas al regresar de la contienda en una doble vertiente: por una parte, sus esfuerzos para contribuir a la victoria, desde puestos que iban de enfermera a francotiradora, jamás obtuvieron un reconocimiento público, como sí lo hicieron los de sus compañeros varones; por otra parte, se les negó incorporarse a la vida cotidiana asumiendo roles tradicionalmente femeninos. La lid era cosa de hombres, y a ellas no les correspondían ni las medallas ni los homenajes de Estado, de la misma manera que tampoco podían convertirse en buenas madres o esposas tras haber vivido tan cerca la muerte —incluso causándola—, y cuestionarse su decencia después de pasar meses en el frente rodeadas de señores con necesidades sexuales que, en teoría, ellas habrían satisfecho. Hablando en plata: eran todas unas putas. Entre la puta y el ángel del hogar oscilaban los únicos papeles sociales concebibles, uno más aceptado que otro; su labor bélica, decisiva en la reconfiguración geopolítica que dio lugar a la Guerra Fría, simplemente se consideraba inadmisible. A ellos, por supuesto, les brotaron los laureles.

Han transcurrido 80 años y varias olas del feminismo desde entonces. Los tiempos —se dice— han cambiado, algunos hasta aseguran que avanzan, pero el desarrollo de la guerra en Ucrania, instigado por Putin con el apoyo de la vecina Bielorrusia, a cuyo régimen autoritario la premio Nobel Alexiévich se ha opuesto en numerosas ocasiones, está provocando un tratamiento mediático que se retrotrae nostálgicamente a la heroicidad viril de las grandes conflagraciones del siglo XX y recrea, de manera anacrónica, un imaginario limitado de funciones posibles de acuerdo a arquetipos de género que creíamos obsoletos. Las casillas disponibles, por cuya diversidad se ha luchado extensamente en este milenio, han quedado reducidas a los actantes que impone la contienda, mientras se refuerza un belicismo pernicioso que parece esgrimirse con la intención de reordenar los marcos de significado y construir una opinión pública cada vez más favorable al exterminio mundial.

De, hace acto de presencia en tono verde camuflaje, cercano a la gente, como el mejor remake del primer Fidel Castro, el de la libertad prometida a los pueblos oprimidos. En la televisión, se procede también a la hagiografía de Klichkó, el alcalde de Kiev, reconocido campeón de boxeo y en posesión de un doctorado; es decir, epítome del equilibrio perfecto entre cuerpo y mente, frente a la masculinidad irracional de Putin. En ambos ucranios se juega no sólo el futuro de su país, sino el de una presunta batalla global al más puro estilo colonial entre la barbarie y la civilización, donde ellos son protagonistas y su legitimidad queda consolidada por las armas. Ellas, las ucranias, se representan en su maternidad como cuidadoras incansables, pero relegadas a un segundo plano; víctimas indefensas, se congregan en la etiqueta conjunta “mujeres y niños”; nunca adultas, excepto cuando son carne de cañón, se las cree listas para ejercer la prostitución. Así, a grandes rasgos, se está elaborando el discurso hegemónico de esta guerra “justa” donde los valores supuestamente democráticos deberían prevalecer untados de la desigualdad intrínseca a esos rostros de mujer, puro afecto o sexualizados, mientras la política se dirime desde la mira de un rifle.

Si algo se puede inferir de la lid en marcha es un retroceso generalizado que afecta a nuestra manera de pensar el mundo —ahora casi irrevocablemente fragmentado en dos bloques compactos— y, con ello, a un feminismo que se ha apropiado de categorías históricamente secundarias, feminizadas, para reivindicarlas como imprescindibles en el funcionamiento de la vida. El problema no es tanto el llanto desconsolado de una madre que huye de los bombardeos con su bebé en el regazo, sino que no se elabore un andamiaje político que abrace la vulnerabilidad inexorable a todos para implementar más medidas de corte social en lugar de fomentar la compraventa de material defensivo. El problema, por ejemplo, tampoco es la tan manida asociación entre la fecundidad femenina y la capacidad de la tierra para engendrar alimentos con los que nutrirnos, sino que no se haya aprovechado esa relación sumamente criticada para promover la práctica ecologista y librarnos de la dependencia fósil que se encuentra en el núcleo mismo del conflicto. A cambio, un militarismo patriarcal ha copado buena parte de los espacios informativos y las conversaciones de líderes mundiales que se han lanzado a ampliar los presupuestos de defensa con el fin de prepararse para una nueva carrera armamentística. Significativos son los casos de Estados Unidos, que batió el récord de su historia; de China, donde el incremento será de un 7,1%, y de Alemania, país que, en cuestión de días, ha pasado de ser reticente a las sanciones contra Putin por la alta dependencia del gas ruso a querer duplicar su partida militar en los próximos años. Si imaginamos la política como una forma de guerra, como necropolítica, en palabras del filósofo Achille Mbembe, debemos juzgar este rearme internacional como síntoma de un paradigma en el que la muerte reina sobre todas las cosas, a veces incluso en nombre de la paz, pero desde luego jamás en el de la igualdad de género.

Sin embargo, no se trata únicamente de la regresión a un universo polarizado en que el ardor guerrero predomina sobre imaginarios alternativos menos inicuos; ni siquiera de que se esté alentando desde casi todos los flancos una posible intervención de la OTAN que acabaría con una mayoría de la población convertida en cenizas; no es mero asunto de representatividad ni de falta de participación política o liderazgo de la mujer; más bien de que todo lo anterior se sumará a una crisis económica descomunal marcada por la inflación y el riesgo de desabastecimiento de materias primas de la que las mujeres saldrán mucho peor paradas porque ya ocupan un peldaño inferior a los hombres en la distribución de la riqueza. Partiendo de una situación perjudicial para muchos, todo apunta a que la precariedad vigente, feminizada, va a exacerbarse en cuanto que la contienda monopoliza los esfuerzos económicos de los Estados y nosotras, junto a otros colectivos vulnerables, caemos del lado de lo que no importa. Por eso es más necesario que nunca un feminismo inclusivo, pacifista y ecologista que pueda poner freno a las derivas bélicas cada vez más desbocadas y sitúe el foco de nuevo en la vida; que destaque los derechos humanos y recuerde a Josep Borrell que no constituyen el “cuento de las mil y una noches”, como afirmó recientemente, sino el acuerdo surgido de una masacre monumental; que alce la voz y el cuerpo y la inteligencia que nos están robando. Eso sí que sería heroico. Lo contrario superaría la invasión de Ucrania; sería una guerra abierta contra las mujeres, y esta vez sí queremos tener rostro: para pararla.

Azahara Palomeque es escritora y doctora en estudios culturales por la Universidad de Princeton. Su último libro es Año 9. Crónicas catastróficas en la era Trump (RIL editores).

Naciones Unidas exige al Kremlin poner fin a la guerra de Ucrania

Que terminen inmediatamente las hostilidades, que se sielencien las armas inmediatamante y que se abra inmediatamente la puerta al diálogo y la diplomacia”

“De los 193 países miembros, 141 votaron a favor y solo cinco en contra. Únicamente Bielorrusia, Corea del Norte, Siria y Eritrea apoyaron a Rusia. Cabe destacar que China, Venezuela y Cuba, aliadas tradicionales de Moscú, decidieron abstenerse.”

La integridad territorial y la soberanía de Ucrania deben ser respetadas, en línea con la Carta de las Naciones Unidas. No tenemos tiempo que perder. Los efectos brutales de este conflicto saltan a la vista, pero por mucho que la situación del pueblo ucraniano sea mala en la actualidad, existe la amenaza de que sea mucho peor», conlcuyó.

La votación tuvo lugar en la que ha sido la primera sesión de emergencia convocada por la Asamblea General desde 1997. El llamamiento a esta votación lo realizaron los países occidentales, después de que Rusia vetase una resolución similar del Consejo de Seguridad.

Una Rusia «aislada y sola»

El embajador ruso en la ONU, Vassily Nebenzia, negó que Moscú estuviera atacando a civiles y reaccionó a la votación defendiendo que esta condena puede contribuir a una nueva escalada de violencia.

El representante de la Unión Europea, Olof Skoog, calificó el voto como «histórico» y aseguró que «el Gobierno ruso está cada vez más solo. Rusia ha elegido la agresión. El mundo ha elegido la paz», dijo.

La representante estadounidense, Linda Thomas-Greenfield, destacó por su parte: «Hemos demostrado que Rusia está aislada y sola y que el coste seguirá subiendo hasta que Rusia ceda».

Paz y cinismo…

Eva Borreguero en El País 23/10/19:

“…) la estruendosa aclamación “somos gentes de paz” y las “marchas por la libertad “ abanderadas por un jovial Quim Torra, cual Gandhi encabezando la célebre Marcha de la Sal de 1930. Sólo le faltaba el gayato. Paradójicamente, y en parte a consecuencia de la estrategia del gobierno español de no caer en la provocación y mantener la respuesta policial un paso por detrás de los radicales callejeros, se ha producido un efecto bumerán que ha sacado a la superficie la violencia de la pretendida “desobediencia civil”: el emperador está desnudo.”